Palabras, palabras, que cual trenes me llevan a conocer nuevos paisajes

domingo, 24 de junio de 2012

El niño se negó a ser adulto

Al niño le habían salido pelos, olía a no sé que y de vez en cuando más que palabras le salían pitidos. Estaba desconcertado. Desde hacía un tiempo, cuando se cruzaba con alguna niña, se sentía tonto; pero no tonto a secas, sino absolutamente tonto, tonto del bote. Y no entendía nada. Se dedicaba a contemplar a cuanto bicho viviente pasaba cerca de su oteadero, del mirador circular de la casa que daba a la plaza y cinco calles, observándoles con la misma mirada con la que el águila controla a quien puede ser su presa.

Y seguía sin entender nada, sin encontrar respuesta a una pregunta que ni siquiera sabía cual era. Antes o después topó, así, a lo torpe, con un ser extraño; aparentemente como él, pero redonda, con bultos. Y enmudeció..; y su cara se puso roja como si fuese un cangrejo recién cocido. Y en una maniobra elegantemente inteligente, se dio media vuelta y se largó tan mudo como al principio.

Pasó algo de tiempo. Hubo más topetazos. Poco a poco se iba convenciendo de algo sorprendente: era invisible. Ya no importaba ni su mudez ni su cara arrebolada; simplemente las chicas, aquellos seres redondo - abultados, parecían no verle, de modo que su actitud era indiferente al caso. Indiferente para ellas, claro, porque el niño necesitaba cada día más su cercanía.

Y siguieron corriendo los días.. Ya no era invisible; ya le decían hasta adiós. E iba comprendiendo que tratar a ciertas chicas le alegraba la vida. La cuestión era que, mientras otros las hacían reír y sabían bailar, él solo las necesitaba; necesitaba querer... Era preciso atraer su atención, ¿pero cómo?. Pensando, pensando, concluyó que lo único que podía ofrecer a una chica era él mismo; la cosa está jodida, pensó, pues a esas alturas hasta discurría algo y ya soltaba tacos. ¡Vaya oferta, él y na más!.

Y sin más, a su estilo, el de siempre hasta hoy, pensó.. O más bien sintió, que es lo que siempre ha hecho en lugar de discurrir. Sintió que necesitaba querer, para compartir y ser querido, y que eso no admitía engaños; solo encontró una manera de no engañarse.. No engañar a los demás es muy fácil, pues basta no mentirles, pero no engañarse a uno mismo cuesta mucho, mucho, mucho.. Solo hay una manera de lograrlo: tener clarísima la realidad y mantenerse firme en ella a pesar de los temores que nos genere.

Así ha vivido desde entonces. No es agradable. Se sabe extraño. Las personas procuran encontrar componendas que sosieguen los pensamientos que les asustan, unas veces susurrándoles que mañana será mal día, otras que ayer fue un fracaso, a veces que lo vivido es falso...; se autoengañan. Él no deja de ser niño, sigue siéndolo, y un niño no tiene tiempo, no siente en realidad el mañana, ni el ayer y todo se reduce a te junto o no; un niño es realidad y no explica, solo siente y vive. Por eso el niño sigue siendo un niño, quizá grandón, pero poco más.

     

1 comentario:

Kalia dijo...

Los niños, niños son. O sea, se trata de seres a medio hacer, que van deglutiendo todo lo que encuentran a su paso e incorporándolo inmediatamente a su persona, unos con más fruición y otros con menos, según la mayor o menor necesidad de vida que posean. Ocurre que a la mayoría esta fase de crecimiento les dura muy poco. Llegan a ser adultos que se conforman con las verdades que ya consideran inmutables. Ni crecen ni sufren mucho. Pero hay algunos que no dejan de crecer y crecer. Y de englutir realidad, sin miedo. Por eso siguen siendo niños, porque para llegar a saber un poquito de la vida no hay otro camino. Jugar, interpretar papeles, entender. Play.