Palabras, palabras, que cual trenes me llevan a conocer nuevos paisajes

martes, 12 de octubre de 2010

La dureza que soporta quien corre solo

Hablemos.. Hoy le comentaba que me gustaba pasar a la otra casa, a aquel piso vacío, donde era dueño del silencio y de los sueños. Me esperaban los libros de aventuras, desde Emilio Salgari a May, desde Verne a Zane Grey, desde Beau a Beau y a Beau de P.C. Wren .. Leía, soñaba.. Y apoyaba la frente en el marco de la ventana mientras contemplaba como caía mansa la lluvia, pasaban con madreñas mujeres ya sabidas y en trajes de agua amarillos, marineros de caras cuarteadas. Íntima y suave soledad..

Domingo
Edward Hopper
1926 - Óleo sobre lienzo - 73,6 x 86,3 cm.
Colección Phillips - Washington D.C. - Estados Unidos.

Domingos de mi niñez, misa de 12, tebeo con berberechos y orange, gente escuchando el transistor futbolero, el cine, antesala del colegio, aburrimiento.. Y yo, solo, como siempre. Quizá por eso me atrae esta obra de Hopper, su Domingo preñado de soleada soledad.

Hace ya tiempo que no publico comentarios sobre pintura debido a que no sentía nada. Siempre digo que no soy trabajador; soy hombre de pasión, soterrada y controlada en lo que puedo, pero pasión al cabo. Y toda pasión se parece a una llama; si algo provoca su alarido brota en un instante, pero semejante estallido de luz y color, sin causa que la avive, permanece mudo y en la sombra. Algo así como la vida, que se concibe, pero hay que parirla.

Como ocurre siempre que se está vivo, emergen sorpresas que reavivan nuestra llama; no debemos pensar que solo ocurren grandes cosas, no, pues lo importante suele ser todo menudo. De eso saben mucho las mujeres, que buscan la vida en los detalles sabiendo su valor, y no tanto muchos de nosotros que pretendemos llegar a ser protagonistas de grandes hechos, que el tiempo deshace como el humo cuando sopla el viento.

Hoy he visto el cuadro en el reportaje de un periódico sobre la exposición de la Fundación Mapfre. Y las ganas de compartirlo en este blog han vuelto, al instante. Sentir la soledad que brota de la obra ha avivado mi llama.

Con todo, subsiste la tentación de que bastaría exponer la obra y dejar que cada uno de ustedes sintiese .. Nada más requiere ese diálogo silencioso que necesita la pintura, y el Arte en general, para existir. Creo que es lo mejor y lo único que voy a hacer es contarles las sensaciones que el cuadro me produce. Así que contemplémosle...

Lo primero que llama mi atención, que me desasosiega, es ese hombre. Su calva brillante, la presencia de todos los colores juntos en la negrura de su ropa y sus zapatos, y su ausencia en la camisa, tan blanca; su expresión entre ida y pendiente de nosotros, su cigarro no encendido; su propio abrazo, sujetándose para no caer más allá de donde ha descendido su esperanza; el naranja que apresa las mangas de su camisa... Su figura está centrada en el cuadro y ocupa poco, pero su presencia llena el espacio y atrae como un imán nuestra mirada. ¡Tiene fuerza, una enorme fuerza y atractivo visual!.

Hopper crea mediante la línea oscura del bordillo de madera de la acera una especie de horizonte en diagonal, de modo que hay algo enorme desde él hacia arriba, ocupado por esos objetos tan cotidianos que conocemos como casas, y debajo un espacio pequeño pero no por eso menos importante, el vacío descrito por la arena de la calle.

¿Qué produce más sensación de ausencia, la calle, vacía hasta de polvo, o los edificios, que deberían bullir de objetos, luces, animales y personas?. Agobian estos últimos, calaveras de cuencas vacías. A la vez, aquella diagonal -como siempre- es dinámica, nos traslada sensación de movimiento, en pleno contraste con la presencia inmóvil del hombre. Parece como si todo estuviese desplazándose, dirigiéndose hacia el lugar donde debe estar la vida, por lo que ni el hombre sentado en su soledad ni nosotros, ¡tan estáticos y contemplativos!, somos capaces de vislumbrar su dimensión ni podemos percibir su contenido. Nuestro protagonista, cansado de estar cansado, se rinde y permanece quieto, vencido. Solo.

Solo. Aplastado por la verticalidad de las líneas de los edificios que caen a plomo sobre él, reforzando su peso con la carencia de todo adorno, de todo vestigio que comporta la vida. Todo lo material termina pesando demasiado en nuestras vidas y su ausencia nos abruma. El paro.., la falta de trabajo que hacer.. Mientras, nuestro ánimo cae..; aparece desnudo de contenido a nuestros pies, liso y pulido como tierra apisonada.

El pincel culmina la tarea. Amarillos, ocres, mostazas, naranjas,.. Calor, sofoca.. La soledad pesa y dobla las espaldas. Predominan las líneas rectas, verticales y diagonales; las curvas, lo sinuoso, lo femenino, casi desaparece. Malos tiempos... Pues vivir exige la suave adaptación de la curva femenina y no tanto la rígida e invariable decisión masculina.

Eso es. ¿Veis?. Posad la mirada en la obra y dejad que divague la mente.. Os sorprenderá lo mucho que podéis charlar. Eso, siempre que no os de miedo abriros.. Abrirse cuesta; no deja de ser algo similar a desnudarse y no queremos que los demás vean ... Pero es imprescindible. U os abrís, divagáis y sois capaces de adaptaros con flexibilidad o el peso del mundo os aplastará. Y os sentiréis solos. Si, os sentiréis como en un domingo cualquiera, faltos de lo cotidiano, de esas rutinas que impiden que afloren nuestros problemas. Hay veces que no tener nada que hacer es un castigo y no una bendición.

Si, el niño dejaba que su cabeza reposase en el cristal de la ventana y dialogaba con la vida. Cada persona, cada cuadro vivo de la calle, era una novela, una obra de arte. Vivía aventuras, soñaba y era feliz. A su modo...

3 comentarios:

Kalia dijo...

Luz otoñal, crepúsculo vespertino. Soledad profunda. Desesperanza. Vuelto hacia sí mismo, como queriendo encontrase, un hombre de mediana edad se ha parado un momento a cavilar delante de lo que probablemente es la puerta de su negocio. Se siente fracasado. Medita. Es un instante de su vida, simbolizada por esa calzada que viene de atrás y tiende hacia adelante. Pero no es cualquier instante, pues no todos los instantes de nuestra vida son iguales. Aquí se ha concentrado el pasado y el futuro. Es un momento privilegiado, un punto de inflexión. Pero no hay desesperanza; en realidad la luz viene del futuro.

La magnitud desproporcionada de las las puertas y ventanas del edificio que está detrás parecen pesar demasiado sobre las espaldas de este hombre solo; su trazado rectilíneo se apodera de la imagen de ese cuerpo redondeado de cabeza redondeada y lo empequeñece más aún. Es un hombre cualquiera en una tarde de domingo cualquiera en una calle céntrica de una ciudad cualquiera, desolada por el abandono de los que por allí transitan en los días de trabajo. ¿Quién no ha vivido esa sensación? Pero este hombre no es un paseante casual; él vive ahí mismo y ha estado trabajando hasta hace un rato, probablemente haciendo las cuentas de su negocio, seguramente un comercio, cuyos escaparates vacíos de mercancía hablan de que está a punto de cerrar.

No es un cuadro costumbrista; es una excusa para expresar una idea, una sensación íntima que cualquiera puede reconocer. Es el antiretrato del burgués, el otro lado de los cuadros estereotipados que presentan al ufano hombre de negocios, agigantado por su éxito, fumándose un puro orgulloso de haber alcanzado cierto lugar privilegiado en la escala social gracias a su esfuerzo. Quizá por eso es bello, porque cierta forma de belleza está ligada a la expresión de la decadencia y la debilidad. Así consigue transmitirnos un sentimiento mucho más profundo que la imagen del poderoso, muchas veces destrozada por los signos externos de su prepotencia. Pero no es triste. El ambiente es cálido, los colores, en los que predomina el ocre, no nos llevan al sentimiento de un vacío existencial. Al contrario, es solo un bache en el camino. Se va a levantar dentro de un rato, cuando termine de fumarse el puro, pues es un hombre de brío y tiene la fuerza necesaria para volver a empezar. Estamos en Estados Unidos, eso está claro.

Felicidades por tu artículo. Me ha gustado mucho y me ha abierto, una vez más, la mirada. Me alegro mucho de que hayas decidido retornar a esa costumbre de hablarnos del arte. Enriquece el espíritu y nos humaniza un poco.

Silvia dijo...

Tengo la costumbre de ver las obras que pones, sacar mis propias conclusiones y ver en que coincidimos. Después leo tu artículo y los comentarios. Hay veces que se nos escapan matices que otros ven.
Para mí los cuadros son parpadeos en los que se congela un momento, pero siempre hay un antes y un después. Al menos en mis neuronas. 
El título del cuadro lo deja claro, pero las persianas echadas en el escaparate de la casa ocre lo confirman. Es un domingo de sol otoñal. No hace calor (pues lleva manga larga y no la lleva remangada) pero tampoco hace un frío excesivo (que se ha quitado el cuello almidonado de la camisa, quizás para estar más cómodo). Seguro que lleva tiempo en pie,  trabajando o intentándolo. Porque es comerciante, pero no hay comercio que hacer. Nadie pasa por la calle, quizás estén en misa. Pero antes y después, está convencido de que no habrá mucho que hacer. La mayoría han tenido que cerrar, como su vecino, pero él aguanta como puede mientra ve como todo a su alrededor se agosta. Eso es lo que le pasa por la mente mientras está sentado, mordisqueando el puro en un gesto mecánico. Los pensamientos le abruman, inclina el cuerpo y busca el abrazo a sí mismo. Para no sentirse sólo y ni sentir miedo.
En el después, me gustaría abandonar mi puesto de espectadora. Cruzar la calle y sentarme a su lado, en silencio. Quizás darle fuego para el puro y fumarme un cigarrillo con él. Sin  palabras, pues ambos sabemos que eso no va a solucionar la situación, pero con la sensación de compañía. Pero no la mera palabrería sino ese saber que alguien entiende el porqué de continuar y seguir luchando por algo en lo que se han invertido tantos esfuerzos y que nos hace creer que aquello que hacemos y somos no es algo vacuo. Conociéndome, seguro que se me escapaba algún abrazo al amigo (y una colleja).

Anónimo dijo...

Tengo varias tardes de domingo en mi memoria, y de sábado y de los demás días de la semana de un Agosto en las que sentí con crudeza esa soledad del corredor de fondo.