Palabras, palabras, que cual trenes me llevan a conocer nuevos paisajes

sábado, 22 de noviembre de 2008

Sobremesa

La cocina era grande, de pueblo, cuadrada. A un lado la ventana, al otro la puerta. Entre estas, los fogones de carbón con mandos de latón dorado, el fregadero y los mármoles; enfrente, en la pared, el reloj de madera lacada de los años de Napoleón III y bajo él la gran mesa redonda, cubierta con un hule de cuadros blanquiazules. Pocos muebles, guardianes de chismes encantados. Y allá arriba, colgando de un cordón trenzado una bombilla que daba una suave luz amarillenta y de un clavo una cinta enrosacada, que parecía bañada en miel, donde paraban moscas aburridas de la vida.

Anochecía. Se esperaba "el parte", que daba puntualmente la radio y mientras se oía en ella la voz, cálida y cortada a la vez, de Erostarbe, crónica fiel de las traineras. Ruidos, ya pocos; algún carro que se retiraba desde el muelle viejo, retazos de conversaciones tramadas por voces broncas de la mar, pasos ...

El aire, ambiente espeso de hogar. Preñado de merluza y borboteante de marmite, aroma intenso de jibiones fritos con cebolla. Mi abuela, mi madre y mis tías, trajinaban; el Santón pensaba en lo vivido. El niño, sentado en una banqueta baja de madera gastada, contemplaba a su abuelo..

Le apodaba así; hablaba nada, miraba muy lejos. Su pelo, rayos de luna; su piel, cuero curtido color tabaco. Manos anchas de viejo arriero, nudosas, por dedos chicotes marineros. Su vestido, camisa blanca cerrada y pantalón negro. Su pensamiento, quien lo sabe.

Acabada la cena, el abuelo se pone de pie y recoge del mueble donde guardan los cacharros, la pitillera, el cenicero, el mechero de cuerda y los cigarros. El niño le sigue con la vista; vuelve a tomar asiento. Despacio, que la reuma manda.

Y con la prisa de los años, gozándose en las pocas veces que le quedan, se prepara un cigarro. Solo uno, un placer y nunca un vicio. El abuelo se convierte en rito, sus movimientos pura parsimonia. Cuando todo está listo, fuego. Y luego, humo. El niño observa y aprende lo que es la vida en silencio.
La cara, antes mar rizada, pasa a calma. Placer, hondura íntima de vida; gozar, razón alegre del vivir. El abuelo sonríe quedo, le mira entregándole el azul del mar de sus ojos y el niño va comprendiendo que gozos y placeres solo alcanzan a quien entrega antes esfuerzo, corazón y vida.

Todo acaba; pura voluta azulada que se aleja en el recuerdo. Somos tanto como riqueza haya en la memoria y por patrimonio, en verdad, tenemos los recuerdos. Así que el niño recuerda, hoy, el sosiego y la calma de una mano fuerte que acaricia tierna su cabeza, cuando todo acabó en humo y aquellos viejos útiles se guardaron para no encenderse más.

Un beso

6 comentarios:

Kalia dijo...

Color sepia, como las fotos de antes, así recuerdo escenas parecidas a las que cuentas, como si pertenecieran ya a un mundo que no hubiese existido, que yo hubiera pintado solo con las tintas manchadas de mis recuerdos. Pero no, había una vida profunda en aquellas cocinas de antaño, reducto para los más íntimos; había muchos sueños y muchos recuerdos también bailando por las sendas trazadas en aquellos manteles de cuadros. Y el tabaco…un rito. Manos añosas que se acomodaban en sus dedos exactamente a la forma del cigarro que mi abuelo liaba con absoluta precisión y calma. Calma de los viejos, de esa calma que transmite un saber que el niño, la niña, quería penetrar a través del cuero de su cara.

Otros tiempos. Bellos tiempos, de gestos sencillos, que dibujaban despacio los surcos de una vida, como las volutas del humo de aquellos rugosos cigarros de antaño.

Marian dijo...

Los que tuvimos la fortuna de disfrutar de nuestros abuelos sabemos la riqueza de ese patrimonio. Hay momentos de tu relato que me resultan tan cercanos…que si alguien me preguntara ¿te acuerdas?... esa rapacina que me da la espalda se daría la vuelta, sonreiría y encajaría con la nitidez de los espejismos de la galbana aquellas atmósferas de ritual lento, aquellos silencios anticipatorios y las muchas complicidades que ya entonces supimos presencias.

Penélope dijo...

Hay relatos que nada tienen que envidiar a la mejor escena en blanco y negro de una buena película de las de antes. Y digo en blanco y negro porque así la veo...y hasta puedo sentir el humo del cigarro...y hasta el chisporrotear de unas cenizas en el brasero (aunque esto último, creo, lo ha añadido mi imaginación, que para eso es imaginación). No es mejor escritor quien más palabros agudos usa ni quien mejor retórica posee, sino quien te transporta a ese preciso lugar y a ese preciso sentimiento que se ha querido transmitir. Aunque por lo que veo, usted tiene de ambos.

Anonadada me he quedado de que haya leido con tanta atención mi humilde y escaso blog,y le agradezco mucho sus comentarios cálidos. Es curioso cómo un desconocido puede "captarte" con tanta exactitud, cuando no lo hacen personas con las que hablas y convives a diario.

Me ha condenado a tenerle presente en mis lecturas. Pero sus escritos tienen mucha miga y yo soy de las de "poquito a poco", gustandome de saborear las cosas buenas con calma.

Saludos afectuosos de una marciana en la tierra.

Caboblanco dijo...

Los momentos que la vida te da la oportunidad de vivir con tu abuelo, son de los de recordar siempre. Yo lo hago, por más que la vida pusiera luego trabas a nuestra relación. Y disfruto.

Saludos Turu.

SOMMER dijo...

Vaya Turulato, nuevamente me has emocionado. Con sólo palabras. ¿Te das cuenta?

Seré yo que estoy sensible.

Bohemia dijo...

Que descriptivo texto, que bello, se ve se huele, casi se puede tocar...

Un beso al calor de la lumbre...