Palabras, palabras, que cual trenes me llevan a conocer nuevos paisajes

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Miseria

En ocasiones contemplamos las vidas ajenas con deleite e incluso las analizamos y criticamos con igual ánimo. Hoy en día la televisión y otros medios de comunicación, nos ofrecen espacios más que suficientes para satisfacer nuestra pasión por la alteridad.
Creo que es un ejercicio de compensación. Unas veces necesitamos comprobar que alguien lo pasa peor, lo que nos ayuda a soportar nuestra miseria, y otras procuramos creer que hay príncipes azules que buscan a su Cenicienta.
Hoy he vivido en directo algo de una vida ajena. Había ido a la sucursal bancaria donde opero habitualmente y como consecuencia de la directiva MIFID he tenido que esperar a que pudiera atenderme el director; durante la espera ha habido un rato en que estábamos solos en la oficina el interventor, una empleada y este servidor de ustedes.
Dicha empleada, con muchos años de atención al público, ha recibido a una pareja.. A primera vista, tenían unos 50 años; su ropa, usada y mucho; su aspecto, cansado, muy cansado. Al principio no les he prestado atención, pero él ha elevado, nervioso, un poco la voz: "¡Yo sólo avalé; era una empleada; ese préstamo no es mío..!".
Y luego, cada vez más nervioso, proseguía: "¡La cuenta, la cuenta, ¿quién está pagando los recibos?". Y la mujer, cenceña, inquiría: "¡Las cuentas; ¿cuantas cuentas tiene este?". La empleada respondía: "Usted figura en nuestra base de datos como titular del préstamo; pero leyendo la póliza y la escritura puede aclararse". Él respondía, abotargándose: "Es que no tengo los papeles; se los quedó ella". Y ella, la esposa, se inclinaba hacia la empleada y le preguntaba conteniendo la cólera: "Ella, ¿cómo se llama ella?".
La empleada (que solo puede proporcionar información a quien figure como titular o autorizado en el contrato de apertura bancaria) miraba al hombre, como preguntándole ¿qué hago?... El marido, en un tris de comenzar a llorar, rubicundo e inflado como un pez globo, la miraba pasmado, mostrando palpablemente que deseaba que se lo tragase la tierra. Al cabo, ha hecho un gesto que podía entenderse como una autorización...
"Pues la beneficiaría del préstamo, junto con su marido, se llama Svetlana Tetatxovna"... La esposa se ha repanchingado en la silla, silenciosa, gélida la mirada... Les puedo prometer y prometo que se podía cortar el silencio bancario con un cuchillo.. Y que nadie se movía; ni un milímetro.
Les ha vencido la tensión. Él, de pronto, se ha levantado de golpe y ha murmurado: "¿nos vamos?"; la esposa se ha arrebujado el gastado chaquetón y ha salido tras él....
No se que impresión les causará a ustedes esta pequeña historia, pero a mi me ha dejado un sabor de boca muy amargo. Y es que si no me compensa de nada el oropel ajeno, contemplar en vivo las miserias de los demás es doloroso. Y muy triste.

2 comentarios:

Cobre dijo...

Sí, si q duelen en ocasiones las miserias ajenas, sobre todo si practicas aquello de la empatía...

Un besazo grande, Tururú

Thalatta dijo...

Mucho...