Palabras, palabras, que cual trenes me llevan a conocer nuevos paisajes

lunes, 12 de noviembre de 2007

El caballo gris

Todo crece. En especial, el dolor. El niño se dio cuenta de que dolía; le pasó cuando sintió que había crecido. Dolía pensar. Por eso conoció que era Hombre.
Recuperó sueños e ilusiones; un hijo. Sonrió. Soñó. Y supo para siempre como sufre la ternura. Descubrió que el silencio interpreta el amor. Dar, así suena.
Entendió la vida, mientras crecía el hijo. Aprendió lo que no sabía, a abrazar. Miró sus brazos y comprendió lo poco que vale la fuerza ante una lágrima, fruta de tristeza. Hijo, se Hombre, llora; que calmarán tu llanto rosas de primavera, mis manos.
Espera en silencio. Sabe que ser adulto es arriesgar; sabe que maduran las cicatrices. Vivir; no puedo hacerlo por ti. Que duro es ser libre.
Mirada. Si silencias la palabra, clama la mirada. Poco tengo, mucho deseo. Tu dicha. Es hora; tu hora. El espejo. Era gris, soy gris.

3 comentarios:

Kosmos dijo...

La tristeza de un niño callado que mira anhelante por la ventana el mundo, la vida que tiene por delante. El caballito del niño era gris porque iba a ser pintado con todos los colores, con los colores que la fantasía del niño iría mezclando en su paleta. Probaría. Mira porque quiere comprender; sabe que eso era tristeza. Y miedo. Y descubre que quiere construirse su vida, pintarla a su gusto. Lo malo es que no encuentra un paisaje apropiado con el que pintarla. Por eso conoce que la fuerza es la mejor compañera. Y se transforma. Es un adulto consciente, así que sigue conociendo la tristeza. Así que mata ferozmente cualquier asomo, lo estruja y lo arroja, porque no quiere ser vencido. Así que veces confunde debilidad con sentimientos. Su fuerza crece tanto que ya se le oculta. Ha aprendido, ha aprendido a vivir. O a sobrevivir. La vida parece pintada de gris, pues aunque él sabe a la perfección cómo poner el bocado a ese gran caballo que ahora tampoco es salvaje, los colores que soñaba se han ido desvaneciendo. El caballo gris trota pausado y elegante, y él guía con mano firme los senderos por donde su caballo pasa. Lo malo es que el caballo conoce de memoria el camino trillado y el hombre cada vez más se recuerda como ese niño que anhelaba por la ventana, que imaginaba un futuro de colorines para su caballito de feria. Ahora que sabe, querría vivir de nuevo, a su manera, para ponerle a su caballito gris los más atrevidos colores, para inventar colores con los que vestir a su caballito gris. Pero el tiempo parece que se desvanece y se acaba. Mira al hijo y ve su rostro de otro tiempo. Se reconoce. Y reconoce que el dolor por quienes queremos es el mayor de todos. Quisiera inundarle con el conocimiento que ahora tiene, para que no se confunda, para que distinga la ruta de la verdad, para que no la confunda con la de la apariencia. ¿Pero quién sabe? También ha aprendido que cada uno tiene que asumir su propio riesgo. Sólo queda prestarle una paleta llena de colorines. Y que esa paleta sea también la suya, a partir de entonces, cuando, de repente, descubra que sigue siendo aquel niño del caballito de feria, que la vida gira y gira y que ahora puede asomarse a la ventana con la luminosidad que ha ido adquiriendo, y que tiene el poder del fuego, que puede irradiar de luz y calor sobre los que le rodean. Ahora comprende que está dando una vuelta más, que sigue girando, y que el color para su caballo nunca se acaba, sobre todo si sirve también para pintar los caballitos de la vida de los demás.

Turulato dijo...

¡Amén!

Cobre dijo...

Qué sabio eres, Turu, y q dulce.
Un besazo, niño.