Palabras, palabras, que cual trenes me llevan a conocer nuevos paisajes

sábado, 5 de mayo de 2012

Viaje a Manhattan, impresiones

El artículo anterior servía de guía al visitante, pero me mantenía oculto. Quiero ahora intentar, tras ser reconvenido con mucha razón por quien ejerce verdaderamente la amistad, contarles mis impresiones, lo que sentí durante el viaje. Que lo consiga ya es otra cosa, pues no es fácil; mostrar a los demás el interior exige enfrentarse con uno mismo y cuesta. Este artículo no va a tener imágenes; aún no se ha inventado la máquina que fotografíe las sensaciones.

¡Vámonos a Nueva York!. Según se acerca la fecha me pongo más nervioso. He viajado durante años; tanto que hubo alguno en que estuve 220 días fuera de mi casa. Pero viajaba solo, por razones de trabajo; tenía tal hábito que mantenía siempre hecho mi pequeño equipaje: la ropa de trabajo, un conjunto de calle apto para todo tiempo y los lugares habituales, muda y cosas de aseo. Comodidad y utilidad en estado puro. Enganchaba mi hatillo ¡y aire!. Pero viajar en familia es muy distinto; de entrada, ellas se empeñan en llevar todo lo comprendido entre el biquini y el abrigo. Porsi..., es su lema. Y como nos acompañan nuestros hijos, más mayores de lo que les veo y menos de lo que se creen, siento que me observan con prevención, como si el abuelito fuese a estozolarse a cada momento.

En fin. Allá vamos.. Me joroba el ritmo aeroportuario, me resulta insoportable. Los aeropuertos son gélidos de tan utilitarios -la T4 es un engendro diabólico- y esperas y controles, me joden. Pero no hay otra.Vuelo con American Airlines y en el mostrador nos hacen una entrevista de seguridad que para la mentalidad española, plena de recovecos y desconfianzas, resulta infantil; me dan ganas de decir que el equipaje me lo hizo una amigo palestino...

Al llegar a JFK, topo con el Border.. Y lo de topar, tal cual. Me separa de los puestos de frontera una serpiente enroscada sobre si misma de gente variadísima, así que me entretengo durante algo más de una hora en observarles. Quien primero llama mi atención son unas catalanas trein.., no cuarentañeras, que están nerviosísimas. Rajan y rajan y no paran de rajar. Nueva York está en la mayoría de nosotros a base de películas; durante años hemos visto una tras otra, rodadas en Mahattan, en su ambiente, en sus calles y en cierto sentido todos somos algo neoyorquinos. Y estas dos han convertido en estos momentos las escenas cinematográficas en sus sueños... Las dejo repasando a toda velocidad todo lo que van a hacer..; ¡Dios santo!.

Tomamos un taxi para ir a Manhattan. De entrada, el mudo que conduce se salta siete semáforos seguidos en rojo, mientras serpentea de una calle a otra de salida del aeropuerto. Me pone las pelotas a la altura del bigote y recuerdo cuando llevé una noche de lluvia a mi abuelo a Santander; yo era un alocadísimo adolescente sin desgastar -no se si me entienden-  y calmaba mis ímpetus corriendo en coches. Mi abuelo, preso de pavor, se agarró a su cachava y tal cual entró, tal cual salió; creo que ni pestañeó.. Pues así entré en Manhattan: sin pestañear.

En el hotel, yo que soy curioso por naturaleza y levanto lo que no se debe..; ¿pero qué están pensando?. Les contaba que levanto las botellas del bar que hay sobre la cómoda, sin acordarme de que aquí tienen control electrónico. Al irme me miran de reojo; en la factura que encuentro bajo la puerta cuando me despierto el día de salida dejan claro que nada más llegar me bebí cinco botellas de tintorro de la bodega de Coppola.

Y a la calle... Me suena todo; es como si estuviese en un lugar en el que ya viví. Es una sensación extraña; nadie te tiene que decir como se llama aquel edificio o que hay tras aquella esquina... El cine; y eso que no me gusta. Quizá porque ahora carece de luz, es oscuro, y muchas veces lo han reducido a un gran espectáculo sin contenido.

La gente es ... ¡Sorprendente. Cómo en cualquier lado!. Y es que en Londres vi británicos y paquistaníes, en Zúrich suizos, en Italia gallos vestidos de negro, en Alemania rubios vestidos de oscuro, en Francia más de un pobre con chaqueta, en Lisboa bigotes y africanos, y en España estoy habituado a no ver de lo que gritan los malditos. Pero aquí son indistinguibles y es que los neoyorquinos son un compendio del mundo. Como en Madrid, que de allí no hay y son todos de fuera, pero en grande.

El portero del hotel es negro. Y el maletero. Y el taxista. Entro en un Deli --comedero que bajo diversos nombre ofrece de todo para llevar o comer allí- y el personal es hispano, aunque hay algún oriental despistado. Dada la hora, soy el único cliente en la línea de platos calientes; hablo en español con los tres empleados que la atienden y les encargo lo que deseo. Y entonces contemplo los Estados Unidos en su versión más pura....

No tienen que atender a nadie más, no hay colas, pero se ponen a preparar mi desayuno a toa pastilla, como si les fuese la vida en ello. ¡Trabajar, trabajar y trabajar!. Tierra de jodedores y jodidos, sin caridad en el trabajo, como me explicaron hace años a mi llegada. ¿Para qué quieres vacaciones siendo joven?. No seas perdedor, ambiciona... ¡¡¡Dinero, dinero!!!; tanto tienes, tanto vales. Cuando salgo a la calle comprendo a la gente; caminan solos, comen rápido mezclas imposibles sentados en los escalones callejeros de cualquier sitio, viven lejos y tardan mucho hasta sus casas. Y con todo, ves en las ropas de muchos la huella del esfuerzo y la ausencia de triunfo; siguen en pie, caminando. Y ¿soñando?.

Pero, curiosamente, mientras en España nos hemos vuelto broncos, los americanos son gente amable y con su punto de inocencia. No quiero decir que sean tontos y manejables, más bien al revés. Tienen una idea clarísima de que buscan y como lo quieren; no aceptan improvisaciones y gracietas. Tienden a ignorar, por la mentalidad anglosajona de sus dirigentes, lo que les es distinto y de ahí el desastre de sus relaciones exteriores, pero no olvidemos nunca que han sido el sacrificio y la sangre norteamericana los que, posiblemente, lograron que el nazismo no acabase triunfando y los que en estos tiempos asumen las responsabilidades que los europeos, tan miedosos a las consecuencias, tan cagones, no se atreven a afrontar unidos. Pero precisamente porque ellos suelen tener claros sus objetivos y nosotros no tanto, chocamos. En West Point puede leerse que allí forjan líderes para la nación. ¿Donde lo hacen los nuestros?.

Europa es vieja. Aquí hubo durante siglos señores de vidas y haciendas. Tenemos grabado en los genes que trabajar no siempre vale, que aquellos pueden quedarse con todo, por las buenas o por las malas. Nuestros Derechos Penales tienden más que a proteger los valores sociales a defender al ciudadano del Poder y así nos va. Y nuestra tendencia ancestral, como descendientes de siervos, es a pedir antes que a reclamar y a exigir. Mientras que los americanos tienen grabado en sus genes la mentalidad de los pioneros que desarrollaron su sociedad; gente que se encontró todo por hacer y sin rey ni noble alguno al que pedir ayuda, ni que impusiera un derecho inexistente. Cada uno y el trabajo marcan el futuro, o por lo menos se lo creen, que ya es mucho.

La sociedad americana es cómoda..., si consigues sacar la cabeza fuera del agua y durísima, cruel, en caso contrario; en el Bronx hay quien tiene menos esperanza de vida que en África. Extremadamente conservadora en general y solitaria como pocas. Y tienen miedo, mucho miedo. ¿Por qué, de qué?. Quizá por estar tan solos a veces; y del silencio de la soledad. Y sigo manteniendo que son amables y muy sociales; ¿un contrasentido?. No y la razón es muy simple: saben con claridad que o ellos sacan adelante su mundo o nadie lo va a hacer; así que colaboran y se ayudan. El Estado Social no lo va a hacer; no existe.

El resto no es más que lo que han podido conocer en el artículo anterior. Turismo. 



1 comentario:

Kalia dijo...

El viaje subjetivo es mucho más interesante. No deja de ser un viaje interior al fin y a cabo. Muy ilustrativo, desde luego.