Palabras, palabras, que cual trenes me llevan a conocer nuevos paisajes

sábado, 20 de septiembre de 2008

Chicas y chicos

Escribí hace poco a una amiga sobre los chicos. Tras leer la carta me anima a publicarla. Me da cierto reparo, pues si hay un tema vidrioso en el que al cabo no nos ponemos de acuerdo es este, pero Silvia ha escrito algo, sobre lo que nadie termina tampoco coincidiendo, que tiene bastante relación con lo que subyacía en mi pensamiento cuando redacté aquella carta. Así que transcribo lo que escribí.... (Por cierto; notaréis que he cambiado los nombres de las personas..)

A lo nuestro... Te dije que te escribiría sobre los chicos, esos especímenes que vosotras decís que os cuenta entender. Y para no filosofar y poner las cosas fáciles, volcaré cuanta experiencia propia recuerde o las ajenas que he tenido ante mis ojos. No, no voy a resumir hechos, sino que voy a desarrollar lo que pienso y siento sobre una sucesión de momentos concretos.

En lo que alcanza mi memoria, no me sentí distinto a una niña hasta, más o menos, los 9 años. Tampoco era difícil, pues en mi entorno no había algún ser que pudiera sentir como tal, aunque en propiedad reconozco que Ervigia, la vecina de Sisebuto, pertenece al sexo femenino.
A los 9 años y en Camelot comencé a sentir un raro calorcillo ante Gundisalva, la hija de una amiga de mi tía doña Mayor -la hermana pequeña y soltera de mi madre-. El hecho no tendría mayor importancia si no fuese por el contenido material del calorcillo.. Admiración y seguridad. Eso.
Gundisalva tenía 10 años. Su madre era viuda y chula (mi familia materna tendió siempre a lo timorato), y su hermano era sordomudo, lo que me llevaba a mal traer, pues se dirigía a mí en plena calle mediante grandes gestos y gruñidos.. Acojonaba, oyes..
Me imagino que sus circunstancias familiares habrían influido en su personalidad, pues yo la contemplaba embobado, sin decir o hacer oste ni moste, mientras ella preguntaba lo que fuese a su madre o hablaba con absoluta normalidad con mi tía. Evidentemente, yo era invisible.
A mí, aquel comportamiento relajado en quien consideraba sin duda alguna como mi igual, un niño, me tenía asombradísimo. Hasta entonces mi vida se había limitado a leer cuanto libro caía en mis manos, a protagonizar varias anécdotas relacionadas con Gargantúa y a jugar. Pero ante un mayor, silencio y gesto bravo. Sin embargo, aquella niña parecía tratarles como si fuesen sus iguales...
Quizás, en aquellos momentos comenzó a fraguarse en mí una sensación que nunca me ha abandonado: Una chica es un ser que esconde algo .. Si.

Debía andar por los 12 ó 13 años. Estaba sentado tranquilamente en el cuarto de estar; en batín. Me acababan de servir la merienda (eso de que yo fuese en batín y me sirviesen -también me vestían- tenía soliviantados a algunos de mis amigos del colegio). Como siempre, disfrutaba beatíficamente de la serenidad del momento cuando apareció por la puerta del cuarto Beremunda, jugando con alguno de mis sobrinos. Bere -en confianza- tiene un año más que yo y en aquel momento se inclinó.., de manera que, además de un año más, comprobé que tenía un par de tetas de no te menees. Debí poner tal cara de yo que se que se dio cuenta de los orígenes de mi asombro. Se enderezó y se fue por el pasillo.
Me quedé inmóvil. Vacío de todo pensamiento. Todo yo, turulato perdido, estaba ocupado por dos volúmenes bamboleantes de puritita carne sonrosada y natural. Y lo terrible es que no sabía que me pasaba ni por que..
Pero aquello me reafirmó en aquel sentimiento que guardaba celosamente en la más profunda intimidad. Una chica esconde algo.. Sin ninguna duda, los bultos esos y algo más bajo la falda, pues solo hay que ver como la sujetan cuando hace viento. Pero hay más; lo anterior no es tan importante. Mientras que yo me trabucaba y me ponía colorado cuando algún mayor me dirigía la palabra, una chica solía tener un comportamiento más natural (aunque bien es verdad que mi atención estaba puesta en las que eran algo más mayores que yo).
El resultado es que las chicas eran algo misterioso y que según iban creciendo, más. Tan pronto te sonreían al pasar y te decían hola, como desdeñaban absolutamente tu presencia. Con frecuencia nos reuníamos en el patio del colegio a charlar en un rincón.. A pesar de nuestra poca edad -todos lo reconocemos hoy- salíamos pensando que ninguno de nosotros sabía de que hablaba y que no entendíamos de la misa la media.

Acabábamos el colegio, comenzaba la universidad o la preparatoria de ingreso en las legiones.. Suintila y yo vivíamos en la misma casa y éramos aspirantes a pretendientes a opositores a ... Íbamos por el cardus maximus a clase.... "¡Fíjate, fíjate que tía! - ¿Está buena, eh?". La conversación no solía dar para más...; la mirada se mantenía hipnóticamente fija en el caminar de la muchacha y el cuerpo se tensaba sin que nos diésemos cuenta.
En la parte alta del paseo estaban los hotelitos que componían las instalaciones de la preparatoria. Allí, en un régimen cuasi carcelario a veces -dirigido por viejos legionarios faltos de dinero- vivían y estudiaban sin salir los aspirantes a ... E inevitablemente el cuidado de los locales estaba a cargo de un grupo de limpiadoras, que algún descerebrado había elegido jóvenes... Unamos en un solo recinto a unos 300 chicos de más o menos 20 años, alejados de sus familias e internos, con algo más de media docena de mujeres ligerísimamente más mayores...
Aquel día entramos mientras limpiaban la entrada, subidas en unas escaleras que ocupaban todo el espacio disponible..; pasamos bajo las escaleras, aprovechando la apertura de estas y bajo las piernas de las "kelys" -que limpian-.
Pasar, en realidad, no pasaba mucho, que yo sepa. Pero el calentón era constante. Y lo que es peor, el desconocimiento mútuo, absoluto. Y creo que las razones son sencillas: Por un lado, la desinformación religiosa de nuestra educación -ya se sabe; al cabo, los druidas terminan jodiéndote- y la presión social de la época sobre el comportamiento, y por otro que, sin educación que la oriente, toda la energía de los chicos estaba dirigida con ferocidad a meter mano.... Y no son las mejores herramientas para entenderse.

A todo esto, desde unos años antes, según ibas terminando el colegio, en los chicos nacía y crecía una necesidad vital.. Si, mis padres, mi familia me quieren y dicen que soy guapo, pero ¿que hay de verdad; puedo ganarme a alguien. Me querrá una extraña, por mi mismo?.
Y a esa edad, en ese momento, todo son inseguridades. Suele coincidir, además, con la separación del individuo de su entorno habitual, lo que acrecienta sus dudas. Sería conveniente una suficiente preparación que le permitiese relacionarse con tanta novedad sin descuajeringarse.
Por otro lado, y por lo que sea, la sexualidad del chico está impulsada intensamente en sus años jóvenes hacia la parte física de la relación sexual. Y digo bien, pues el acto sexual tiene su física y su química; y sus emociones y sus sentimientos. ¡Qué tristeza siento por quien no haya experimentado la integración de todo en una sola vivencia!. Desconocimiento, misterio, desinformación, presión social, inmadurez, salidismo, ... Un desastre.

No, entonces no -que también-. Un desastre para luego, porque bebido el cóctel que acabamos de describir la gran masa de la gente se pierde en el camino.
Unos porque no han conseguido follar decentemente una sola vez en su vida -¡¡si follar; no me soltéis la chorrada esa de hacer el amor!!. Puro galicismo. ¡¡Recordar y honrad al Arcipreste holgando con pasión bravía!!-. Y no hay cosa que origine más inseguridad en un hombre que sentirse incapaz de satisfacer físicamente a una mujer.

Y mujer u hombre mal follados son seres infelices de por vida
No gozados
Salvando a quienes se dediquen a la excelsa vida contemplativa...

Otros porque se pierden a media humanidad, ya que nunca consiguen establecer un contacto normal con las mujeres, a las que unas veces adoran -a la espera de lo que ocurra- y otras desprecian, a veces salvajemente -porque no creen en la esperanza-.
Los más porque, ante aquel misterio y desconocimiento del que tratábamos, no consiguen establecer una relación con la mujer lo bastante pareja como para aprovecharse y apoyarse mutuamente, desaprovechando la potencia que proporciona que hombre y mujer caminen hombro con hombro, de la mano, conjuntamente, y no van más allá de la preponderancia del hombre sobre la mujer o al revés, de modo que uno suele intentar dar más de lo que sabe y el otro no desarrolla aquello de lo que es capaz.
El resultado lo resumiría en que se sufre de soledad, en el grado que sea, pues las circunstancias personales son muy diversas. Y aparece la frustración.

Pasa el tiempo... Y con los años, algunos algo aprenden. Por el sistema de prueba y error, las personas suelen ir descubriendo y dándose cuenta de que quieren y que les gusta. No es una cuestión de inteligencia ni de aptitudes. Simplemente, al cabo del tiempo pasa por nuestra vida tanta gente y en circunstancias tan diversas que, con un mínimo de sensibilidad, podemos percibir lo que se ajusta a nosotros como un guante.
Y sucede con cierta rapidez; durante tanto tiempo vivimos prueba y error que nuestra base de datos es amplísima. Si nuestra personalidad es sensible y procesa bien, las conclusiones llegan pronto y con claridad.

Pero aún hay que aprender; nunca estás en la meta. La existencia, como he dicho, no deja de ser un acúmulo de vida, de experiencias, de conocimientos, de relaciones, ...
Y siempre hay una trampa que se nos tiende, en la que se cae con mucha facilidad: Desdeñar la carga de lo vivido. Aunque se intente, no se puede hacer borrón y cuenta nueva, pues es tanto como pretender que una gran parte de lo que somos admite goma de borrar. Y la vida no se borra, solo se asimila.

Hay quien comete el error, al descubrir ¡al fin! la vida que le llena, de creer primero y actuar luego como si pudiese prescindir de su pasado, ignorando que somos pasado tanto como posible futuro y que solo integrando ambos viviremos suficientemente en equilibrio.

Y aquí ya no me queda más que parafrasear a César González Ruano:
"El hombre vive recordando lo que hizo y soñando lo que hará"
y a Ildefonso Manuel Gil:
"Nacemos sin saber y cuando algo aprendemos, nos vamos; impertinente broma"

5 comentarios:

Silvia dijo...

Algo análogo nos sucede a nosotras, siendo quizás mayor la presión social en algunos aspectos. Y creo que la impaciencia en todos es la misma. Porque a pesar de saber lo que queremos, si tarda en llegar, muchos acabamos metiendo la pata.
Un abrazo

Cobre dijo...

Probamos, nos equivocamos, pero vivimos, y seguimos adelante con la duda de si lo hemos hecho bien, si nos deberíamos haber atrevido a hacer eso o decir lo otro o si por el contrario deberíamos habernos estado quietecitos.
No creo q seamos tan diferentes, pero no sempeñamos en vernos así; en el fondo todos estamos igual de perdidos y tenemos las mismas (o parecidas) dudas. Yo tengo muchas, muchas!.

Un besazo, Tururú de mi vida y de mi corazón!

Marian dijo...

Ese cóctel de desconocimiento, curiosidad y salidismo… admite todos los complementos que la educación o deseducación nos imprimen. Si vivir es estar viviendo, encontarse dentro de la vida.. si ese estar“dentro”es tener conciencia, la mayoría podemos identificarnos con la máxima que cierra tu artículo. La experiencia está ligada por definición a “saber hacer”; y sabidos o sabiendo hacer, no nacemos ninguno. La experiencia es válida si se convierte en comunicable y para eso hace falta una cierta distancia. En lo tocante a los “otros”( invisibles, en mi caso, porque las aulas no eran mixtas) algunas portadoras de incipientes “volúmenes carnosos”también pasamos por el trance de superar el tabú y la presión de querer ser lo que se esperaba de nosotras que fuéramos .Lo que percibo en los más jóvenes es que no existe tanta desigualdad en materia de deseo. Empiezan a recibir una educación sexual más equitativa, comienzan a tener experiencias sexuales antes, y por lo tanto no han sido entrenados en cohibir su deseo.
Ese reloj que has puesto me recuerda, aunque sin su tapa, a un reloj ferroviario que me es muy familiar.
Un besín

Caboblanco dijo...

Me quedo con el final. Qué tendrá la vida, o que nos espera en algún lugar para que justo cuando sabemos de algo y por algo hemos pasado, se nos priva de la capacidad de estar en este mundo. Sospecho que estamos igual de lejos de saber lo que nos aguarda que aquellos abuelos nuestros que hace miles de años, adoraban a montañas y rios...

Kalia dijo...

Chicos y chicas no somos tan diferentes como a veces jugamos a parecer. Me parezco más por razón de carácter a algunos chicos que a algunas chicas. Aunque claro, siempre están las hormonas…

Creo yo también que la vida es siempre repensarnos. La memoria, esa diosa que nos permite estar presentes en el pasado y que nos deja actuar en los nuevos acontecimientos como si fuera por intuición, nos deleita con el re-conocimiento de lo que ya ha sucedido. Quizá eso comprendieron los antiguos cuando a los senadores (los mayores) se les otorgaba la capacidad de dirigir estados, juzgar asuntos particulares o dictar leyes, mientras que a los jóvenes se les dejaba la facultad de actuar, la acción pura e inmediata que suele ser necesaria con frecuencia para la vida.

Y por mucha libertad para expresarse sexualmente que hoy exista, me parece que el problema más profundo, ese que atañe a sentimientos, afectos, complejos, confianzas o deseos, sigue y seguirá dando guerra a todos los jóvenes, a todos los adolescentes de todas las épocas. Y si no...preguntémosles a ellos.