El cementerio
Falleció ayer un familiar lejano y esta tarde hemos ido mi mujer y yo a acompañar a sus hijos durante un rato en el velatorio, cuyo ambiente es, en cualquier caso, singular; pero de esto quizá trate otro día. Centrémonos. Hemos llegado al atardecer al Complejo, que así llaman los de aquí a las instalaciones mortuorias y tras estar con la familia del difunto nos hemos vuelto al aparcamiento a recoger el coche.
Arranco y, disciplinado que es uno, sigo la señalización de salida. Sorprendentemente, he sido el único, pues los demás que salían cuando lo hacía yo han ido todos en dirección prohibida. Unos expertos; deben haber visto ya muchos nichos y saben lo que hay.
Sigo adelante, brillan por su ausencia las señales, se acaban las farolas, ... Orillado a la derecha veo aparcado un coche rojo, que tras rebasarle arranca y se me pega como una lapa .. Avanzo despacio entre bloques de nichos de cinco alturas, que me cierran el paso por ambos lados .. Flores mustias .. Lápidas blancas, alguna negra. El otro coche sigue fiel en mi retaguardia. Calles y calles silenciosas .., cinco .., diez ... Tras un rato infinito, como la muerte, me doy cuenta con claridad que estoy en lo más profundo del laberinto sepulcral. No tengo ni idea de por donde salir ni de donde está la puerta ...
En una curva, frente a mí, se abre entre las sombras de las viejas farolas mortecinas un paso, que guardan unos cipreses.. ¡Adelante, clama mi espíritu jinete!; ¡sigue el lema de la Caballería y lanza tu corazón más allá del obstáculo, para ir a buscarlo a lomos de los caballos de mi coche!.
Nada más atravesar aquellas cancelas corroídas por tantas humedades y antes de que el asombro me permita reaccionar, me doy cuanta de que he abandonado la parte nueva del cementerio y he entrado en el vetusto espacio decimonónico. Tremendos mausoleos y cruces repujadas a punto de derrumbarse sobre mí, alargan sus escuálidas sombras. Los faros iluminan una lápida: "Pedrito, hijo querido.... 1867".
Por el retrovisor consigo distinguir la figura que conduce el coche que no es que me siga, sino que de un momento a otro se me va a subir a la chepa. Es una señora con gafas, que agarra el volante con tal pasión que podría romperlo de un momento a otro.
El pavimento, de duros adoquines desgastados, blancos, eso si, como la cera de una vela derretida. Ya no hay flores, solo arbustos. Las tumbas, algunas rotas. Las cruces, hierros oxidados.
Y en estas, en lo más oscuro, tropiezo ... con el Minotauro no, sino con dos tíos montando bicis de montaña. ¿Sabe donde incineran los cadáveres?, me pregunta el que marcha en vanguardia; "pues en la salida", respondo dispuesto a seguirles y sin interés alguno en saber que coño buscan aquellos dos fulanos en el crematorio. Quizá sean chatarreros y ...
Y, efectivamente, parten en pos de las cenizas o de lo que sea; les sigo ... Y los muy joíos, tras muchas vueltas y revueltas, salen aventados por un portillo que se abre en el muro lateral del cementerio, por donde sin duda yo no soy capaz de pasar. En estas, la señora que me sigue -ironías de la vida; recuerden lo que digo en el título de este blog sobre mi deseo de que alguna me mire. Pues está no me pierde de vista-, se baja del coche y lo más histérica que se pueden imaginar, clama: "¡No me abandone, no me deje!". Lo que siempre quise oír; pero no en un cementerio ..
Así que como uno es muy hombre -¿quién puñetas pariría esa chorrada?- y lleva a su lado a una señora, que a estas alturas no deja de decir: "Si ya lo decía yo..", que uno no sabe bien como interpretar, y pegadica a su trasero a otra que intenta llamar a la policía desde el móvil, pero que con los nervios marca los números de cuatro en cuatro, .. Como digo, pero no se lo crean, uno es muy hombre y confía en aquello de que audax fortuna juvat, me lanzo de nuevo a recorrer el camposanto ....
Milagrosamente, topo -si, de frente, con los ..- con un plano cochambroso en el que puedo deducir donde estamos y el camino de salida, pues ya saben que los laberintos no son difíciles por su tamaño sino más bien por sus engaños. Y despacio me dirijo hacia el túmulo de Joaquín Costa, que yace aquí olvidado como Aragón en España.
Me cruzo con un tío delgadito, con pinta de buitre por sus andares y la inclinación de su cogote, que ni me mira y se aleja despacio entre las tumbas contemplando el suelo .. Algo después distingo escrito sobre el mármol el nombre de quién quiso cerrar con siete llaves el sepulcro del Mío Cid y hoy yace él ....
Sigo por un pasaje estrecho, que en aquel plano estaba representado por dos anchas avenidas paralelas. Y tras apartar a un lado un cubo de basura, de esos de plástico verde que hay en los portales, para lo que me tengo que bajar del coche, me tropiezo con una pareja gótica, que papel en ristre inspeccionan con detenimiento las tumbas. "A pasar buena noche", les digo mientras me alejo, pero me responden con un silencio despectivo.
Y, ¡por fin!, en un recodo entre dos panteones, oculto por cipreses, bajo un arco de ladrillo, encuentro una de las dos únicas salidas del antiguo cementerio. ¡Qué ganas tenía ya, qué me veía haciéndole el boca a boca a la señora que me escolta!.
Y tras la paz, el fragor de la vida ... Tráfico, obras, más obras, más tráfico... ¿Saben que allí hay mucha tranquilidad?. Buenas noches .......





